EL DIA DE LA LUZ
Mapas, miles de líneas trazadas después de largos y extenuantes estudios. Dibujos y una cantidad interminable de palabras extrañas. La alquimia y los textos antiguos con sus secretos.
Todo eso estaba sobre mi pequeño escritorio de madera. Pero mi búsqueda era más que respuestas fáciles, el camino era aún más complicado.
No creo que un puñado de textos fuera la clave, pero debo de reconocer que en los libros me sentía seguro. Las llaves ocultas en sus páginas eran las armas para llegar a las respuestas.
Así que de esa manera intenté coquetear con la sabiduría por medio de la lectura y la soledad del anochecer.
Los días se hacían cortos, muy monótonos y demasiado negativos. Realmente creía que mi vida había llegado a un punto de inflexión, uno de esos momentos en los cuales sabes que cada una de las desiciones a tomar son definitivas.
El verdadero porqué de mi tristeza estaba oculto dentro mío y no podía vencer la barrera para acceder al cambio. Un cambio profundo, una avalancha que remueva todo ese polvo cenizo que había adquirido en los últimos años de mi vida.
Quizá las experiencias del pasado hayan marcado demasiado mi forma de proceder en la actualidad. Intentar cumplir mis sueños, mis metas y la exigencia de saber que llegar al final implica como premisa entregar la vida misma.
Momentos difíciles y de mucha angustia me llevaron a intentar comprender los mensajes ocultos detras de esa mirada triste, detras de toda aquella oscuridad.
El primer paso era determinar si la luz que podía desprender de mis pensamientos y de mi forma de vida era pura. Y la pureza es un tesoro tan hermoso como el agua de los océanos.
Busqué el sol intentando conectar con la tierra, con el planeta en donde habitamos y vivimos. La inseguridad de ser uno más dentro de un gran círculo de vida y muerte. Empezar por un punto de partida interior y estallar en mil direcciones transformado en partículas de luz. Ese sí era un gran comienzo para mis estudios.
Comencé a avanzar dentro de mi catársis. Ahora que sabía que la zona cero se encontraba en mi pecho y más allá, bien dentro, debía de detonar el explosivo interior para poder volver a comenzar y poner los relojes en cero. Otro día, otra luz, otro momento, otra luz, otro minuto y la ilusión de seguir.